miércoles, febrero 24, 2010

Maldita sonrisa

Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
El cuervo – Edgar Allan Poe

El cuervo se posó sobre su hombro y ella, automáticamente, sonrío. Vestía de negro ese día en particular y bajo ningún motivo, pareció percatarse por el animal que se le acaba de trepar. Parecía una simbiosis entre el pájaro y Helena.

Es una niña joven, asiste a clases particulares con un profesor que le dio clase a su padre, hijo del profesor que le dio clase a su abuelo; que a su vez es hijo del que le dio clase a su tátara abuelo; en fin. Tiene un rostro frágil y blanco, con rasgos muy definidos y con delicadeza que le da cierta belleza. No acostumbra sonreír muy seguido pues su vida no es tan alegre como la de tantos. Hace parte de una familia de la alta sociedad y eso le impide hacer muchas cosas que le gustaría. Como por ejemplo, ir al colegio.

Las orquídeas huelen mejor de noche.

Soltó la flor y siguió su camino. Tardó varios minutos en darse cuenta que ella nunca en su vida había olido una orquídea y no entendía por qué había pensado eso. Miró hacia el cielo, ya era completamente de noche, supo entonces que era tarde y regresó a su casa. Las puertas las abrió un mayordomo que aparentaba entre 40 y 50 años.

– Buenas noches, Señorita –
– Buenas noches, Albert —
– Si me permite, y disculpe mi falta de cortesía, ¿Por qué tiene ese cuervo en su hombro?
– ¿Cuál Cuervo? Yo no tengo nada, no mientas — Contestó riendo.
No se sintió extrañada por el comentario. No era la primera vez que le decían algo como eso. Su hermano y su padre solían jugarle bromas de ese estilo con arañas y otros insectos. Claro que esta era la primera en que Albert, que nunca se prestaría para algo así, era quién le decía eso.

Siguió rumbo a su habitación como si no le hubieran dicho nada.

– La cena ya está lista y su familia la está esperando. —
Helena desvió su camino hacia el comedor.
– Gracias, ya voy para allá —

Había varias razones por las que el mayordomo se sentía confundido. La principal, por encima del cuervo que el juraba sí estaba en su hombro, la sonrisa que tenía Helena en su rostro. Era una sonrisa exagerada para lo que frecuentaba, pacífica y alegre. Esa no era la hija de su jefe.

Al entrar al comedor su familia completa estaba ahí. Todos la miraron apenas entró. Tomo asiento y se acerco el chef a dejarle el palto en la mesa. Pronunció el nombre de lo que ella estaba a punto de comerse, no le importo mucho lo miro y su madre pregunto.

— Hija: ¿por qué traes animales a casa? —
— De que hablas mamá, yo no traje ningún animal— dijo, sonriendo, Helena.
Se escuchó la risa de su hermano en el fondo.
— No me vengas con bromas — frunció el seño y miró a su hija
— No es broma, no sé de qué me hablas — seguía sonriendo.
— Si vas a seguir bromeando por favor ¡retírate de la mesa!
De nuevo risas. Su padre, abogado prestigioso, se pone en pié y apuntando con el dedo a su hijo ordena que la risas se detengan. Se detienen. Mira a su hija con sus ojos aterradoramente señalando su hombro.
— No es de nosotros llevar animales en el hombro señorita, y si no te lo quitas ahora mismo yo me encargaré personalmente —
Helena pensó en seguirles el juego pero realmente se sentía cansada, se fue y se encerró en su habitación; ignorando por completo todo lo que su padre había dicho.

¿Cuál cuervo? ¿Cual cuervo? Yo no tengo ningún cuervo en el hombro. Ellos sí que son ridículos.

No parecía enojada con sus familiares, al contrario sentía que era una broma ingeniosa por parte de ellos. Fue al baño y se acercó a un pequeño mueble en el cual estaba su cepillo de dientes, fue a usarlo, se echó agua en la cara, se puso la piyama y se preparó para dormir. Jamás se había sentido tan cómoda en su cama, ni había notado las sombras que se formaban con el reflejo de la luna en su habitación. Jamás había hallado música en la lluvia hasta esta noche. Ella se sentía diferente, pero no pensó nada más, porque todo parecía perfecto. El cuervo ya no reposaba en su hombro, su lugar era ahora un mueble y la miraba permanentemente.

Eran las siete de la mañana y Albert se acercó para despertar a La Señorita como era de costumbre. Tocó la puerta. Esta se entre abrió y se vio media cara asomada.
— Señorita, son las siete.
— Sí sí, ya voy.
La puerta se cerró de nuevo. Diez minutos después se abrió completamente. Por el corredor y se encontraba su hermano. El cuervo se trepó de nuevo sobre el hombro de La Señorita.
— Todavía tienes el cuervo.

Helena lo ignoró, estaba todavía muy dormida para hacer caso a las palabras tontas de su hermano menor. Siguió caminando hacia el comedor a recibir desayuno, luego pensaba bañarse, luego salir a recibir su típica clase de literatura renacentista, luego almorzar con su único compañero de clases, luego a su clase de piano (la cual odia, pero va para complacer a su padre) y por último dará una vuelta por algún jardín de la ciudad, eso es lo que más disfruta. Sola o acompañada, en realidad no le importaba.

Al llegar al comedor Albert la esperaba. Lo primero que el mayordomo notó en La Señorita fue la presencia del animal en su hombro.

— Que ni se te ocurra seguirle con el juego a mi hermano. - Sonrío
Albert mantuvo un silencio que lo inquietaba. Pues creía que Helena estaba enloqueciendo, o que por el contrario estaba jugándole una broma a su padre y a su hermano, lo cual no era descabellado. Cargando esta vez sí un animal de verdad en su hombro lograría que su padre y su hermano dejarán de inventar siempre el mismo tonto chiste. Pero al igual que la noche anterior, lo que más le incomodaba era la sonrisa que tenía. Y que salvo de las palabras que dijo siempre parecía estar de buen humor. Definitivamente la señorita no era la misma de anteayer. Algo había cambiado en ella.

— El desayuno está listo, puede sentarse.
— ¿Donde están mamá y papá?
— En seguida llegarán a acompañarla

Helena sabía lo que esto significaba: Tenía que esperar a que sus padres llegaran para que el cocinero le sirviera la comida. Siendo una familia de alta sociedad, ellos tienen que cuidar su reputación y portarse como es debido, cosa que a ella le incomoda infinitamente, pues considera más importante el hambre que siente en la mañana a esperar a quien sea para poder comer. Desde pequeña se había mostrado inconforme, cuando le decía a su papá: ¿y si tú nunca llegas yo nunca podré comer? Por cosas como esas, ella siempre fue tomada por la tonta o la juguetona de la familia. Si la tomaban enserio, sería por cosas como un cuervo en el hombro.
Su padre llegó. Su cara se transformó inmediatamente en una indignación fuertísima porque su hija había echó caso omiso a la advertencia de la noche anterior.

— Hija, te dije que te libraras de ese cuervo anoche. ¿Por qué no me hiciste caso?
Ya creía que la broma se estaba pasando de un límite, pero aun así, no le afectó mucho.
— ¿¡Cual cuervo!? — Preguntó sin dejar de sonreír
— ¿Por qué sonríes? ¿Te parece gracioso?
— Esto ya no es gracioso padre. Déjate de bromas tú. No estoy mintiéndote. Esto ha llegado muy lejos. — Dijo Helena con una sonrisa en el rostro.

Su papá nunca se ha atrevido a pegarle a sus hijos por cosas de etiqueta y porque no cree en la violencia como método de enseñanza. Es una persona tranquila y con buen sentido del humor, pero que cuando se enoja deja ver su lado menos amable y pasa a ser ese abogado de carácter firme que lo destaca. Con ese perfil serio se acerco a su hija la miró inquietantemente. Ella encontraba toda esta situación muy graciosa y tranquila, creía que su padre esta se estaba excediendo pero no le importaba. Seguía sonriendo como si de verdad le naciera hacerlo. Como si todo esto fuera una broma.

— No más chistes papá. Sí estuvo gracioso, pero creo que ya es suficiente. — La sonrisa sigue.
— No es una broma hija, tú tienes un cuervo en tu hombro —
— No tengo nada — Sonríe
Su padre no aguantó más bromas. Levantó la mano para espantar al pájaro, este emprendió vuelo y se estacionó en la sima de un mueble mirando fijamente a Helena.
— ¡Albert! —
— Dígame señor —
— ¿Si ve ese cuervo en el mueble? —
— Sí señor —
— Quiero que lo saque ahora mismo de acá —
— Enseguida señor —
— Padre, no veo el cuervo del que hablas — Helena sonríe

Él la miró con ojos de preocupación. Creía que su hija había enloquecido por completo. No paraba de sonreír, y ahora decía que no ve a un cuervo que todo el mundo está viendo en ese mismo momento. Se apresuró en decirle al cocinero que dejara de hacer lo que sea que estuviera haciendo y que llamara de inmediato a La Señora. Como dos minutos después bajó la madre. Helena, mientras tanto, desayunaba pacíficamente. Pareciera que nada de esto le importara.

— Está loca. ¿Recuerdas que ayer trajo un cuervo a la casa? — La Señora asiente con la cabeza mientras mira a su hija. — Pues mira — y señala al mueble donde ahora reposa el animal.
— ¿Qué hace ese esperpento ahí? —
— Ya le dije a Albert que lo quitara lo más pronto posible. Pero lo que me preocupa no es eso. Es Helena. Desde ayer tiene esa sonrisa de oreja a oreja. Está bien que sonría, pues ella nunca lo hace, pero no tanto. Asusta. Además de eso, no sé si sea una broma, pero dice que no ve al cuervo. Y todos acá lo están viendo.
— Yo sí la noté rara ayer pero eso no quiere decir nada. Déjame hablar con ella, porque ella contigo nunca se ha entendido del todo. Además tú vives haciéndole bromas cariño, y creo que eso tampoco ayuda mucho.
Su madre, una mujer elegante y trabajadora (dueña de una importante cadena de tienda de zapatos) tiene un carácter bondadoso. Sus empleados siempre la han destacado por ser comprensiva con ellos y ser de esas jefas que poco o nada se ven. Como madre es muy laxa, deja que su padre haga todo el trabajo difícil y ella sólo mete la mano cuando siente que de verdad es necesaria. Esta era una ocasión de esas.
— Hija —
— Hola mami — Respondió calurosamente Helena dejando ver su sonrisa.
— ¿Estás bien? —
— Sí. Lo estoy. ¿Por qué lo dices?
Como madre, de inmediato, supo que su hija no era la misma de siempre, la que nunca habla, y por encima de todo, la que nunca responde con una sonrisa d oreja a oreja que está bien por más que lo esté.
— ¿Por qué trajiste un cuervo a la casa anoche? —
— No traje ningún cuervo —
— Pero si yo lo vi hija, y tú sabes que yo no soy como tu padre. A mí no me gusta hacer esas bromas que ellos hacen. —
— Mamá, disculpa que no te haga caso pero debo irme pronto, no quiero llegar tarde a mi clase. —

Albert regresa con una escalera en la que pretende subir para alcanzar la parte más alta del mueble. Fue a coger al cuervo cuando este voló de nuevo al hombro de la que lo trajo. Helena fue a bañarse. Entró al baño, se desnudo y se miró en el espejo. No notaba nada raro en ella, no entendía cual era el problema de sus padres, no había cuervos. Siguió hacia la ducha. El pájaro de nuevo reposó en el baño, esperando a que su hombro volviera a estar disponible.

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