sábado, marzo 08, 2014

Quiero escribir más

O eso digo, pero inmediatamente paro y pienso ¿de verdad? Escribo todo el día, todos los días. Trabajo para un medio que me obliga a reinventar mi escritura cada tanto, porque me tiene que emocionar descubrir nuevas manera de decir lo mismo. Y todos los días diciendo lo mismo: el juego, el tráiler, la tableta que no entiendo para qué sirve, el celular con mejor procesador, mejor pantalla y que le dura más la batería. Todo por el tráfico. Eso mismo que escribí hace un año, pero con un par de números y nombres nuevos. Y el puto tráfico: La moneda convertida en clic, supremamente inútil y desvalorizada.

Escribo para cientos de personas al día. Convierto mis palabras en cosas que sé, gracias a ChartBeat y Analytics, que solo el 20% de los 'lectores' leen. Escribo como cometiendo un acto de fe, como estrellado contra un teclado. Entonces de verdad pienso ¿quiero escribir más?

No dejo de recordar un día en el que mi jefe le dijo a la redacción que le gustaba que fuéramos como robots que producimos contenido. Él piensa en cifras porque le toca. Piensa en cantidad, porque esa es la que le vende a las empresas. Eso es lo que vende internet, por lo menos en cuanto a medios de noticias se refiere. Y sí le pregunta por la calidad contesta "claro que importa", pero primero está lo que mantiene el negocio vivo: los clics, el tráfico, el SEO, la pauta, el banner, las impresiones, el cliente, todo eso. Escribo todos los días tres, cuatro o cinco notas que no leen ni la mitad de las personas que entran al sitio, y que a mi jefe, en últimas, le sirven como un número más para mostrar con orgullo a un cliente en una diapositiva de Power Point. Eso hago todos los días desde hace casi dos años. Es mi trabajo y para muchos lo que soy. Lo que me da la plata con la que me compro lo que quiero para ser feliz y para darle de comer a mi perro.

No me malentiendan. No estoy en medio de una crisis existencial. Estoy es preguntándome para qué estoy escribiendo. Hace unos fines de semana entrevisté al jefe de diseño de Kingdom Rush. Desde que lo contacté vía mail me quice lucir con esa nota. Quería saciar toda mi curiosidad sobre el juego, pero también escribir por qué me parecía tan bueno y valioso difundirlo. Y pensé en Leigh Alexander uno de mis referentes: la manera en la que ella abordaría el tema, como entrevistaría a Álvaro Azorfa, qué preguntas le haría, cómo le hablaría, con qué tono: amigable, estrictamente profesional ¿cómo haría todo? Me puse el papel, le hablé, hice lo mío y la nota salió. Le fue bien.

Me felicitaron: "así se hace", dijeron los editores. Un par de amigos la compartieron orgullosos. Todo muy bien. Para mi valió mucho más lo que aprendí pensando en Leigh que en el resultado de la nota. Cuando puse el punto final y la entregué para revisión, ya me importaba un pepino lo que ocurriera con ella. Mi trabajo estaba hecho. Quien la leyera desde ahí podía encontrarse con algo nuevo, diferente, con imágenes y corregido; seguramente mucho más pulido. Aun así, la verdad, no me importaba. La entrevista la hice para mi. El medio, el artículo, los clics, el tráfico, los comentarios, el SEO, el título, las imágenes, todo fue la excusa para conseguirme a Álvaro Azorfa y jugar a Leigh Alexander. Y lo logré.

Entonces, ¿Para qué escribo? Para mi. Sé que mis notas y su difusión tienen la oportunidad de lograr algo, y asumo con responsabilidad esa ética profesional. Pero en últimas, todo se trata de propagar un mensaje mio. Si yo no pensara como pienso seguramente nada de esto hubiera ocurrido. La historia sería la misma y yo no estaría respaldado contra la pared de mi cuarto escribiendo mientras escucho Massive Attack esperando que sean las tres y media de la tarde.

Pienso en mis amigos. En lo buenos que son algunos escribiendo. Específicamente en el último post de mi amiga Isabel. En las palabras que usa, en las comas que pone, en su redacción tan libre de medios. Quizá a eso me refiero cuando digo que quiero escribir más. Pero no sé. 

No hay comentarios.: